miércoles, 29 de julio de 2009

Ramses II - Gigante, pelirrojo y muy soberbio


Es, posiblemente, el farón más importante de la historia egipcia; tanto por los hitos de su longevo reinado como por su espectacular legado constructivo. Ocupó el trono durante 66 años jalonados por notables avances administrativos y culturas, así como por victoriosas campañas bélicas que todavía se toman como ejemplo.

Una calurosa tarde de comienzos del siglo pasado, el eminente anatomista y arqueólogo australiano Grafton Elliot Smith y su equipo de ayudantes despegaba la última banda que cubría la recién descubierta momia de Ramsés II. Después de treinta y dos siglos, el cuerpo de quien había sido el Dios Viviente de Egipto mostraba su desnudez al mundo. Los circunstantes, planamente conscientes del momento que estaban viviendo, observaban con una mezcla de admiración y respeto aquello restos consumidos pero todavía bien reconocibles y –lo que era mejor- susceptibles de ser analizados. En ese momento, ante los ojos de los científicos, el brazo derecho de la momia hizo un brusco movimiento de llamada y el emocionado silencio se deshizo en un estallido de exclamaciones de horror y de carreras. Los tendones, libres por fin después de permanecer tres milenios forzados por las vendas, se habían contraído mecánicamente y el inesperado movimiento provocó entre el corro de científicos el mismo reflejo de pavor que hubiera provocado en unos colegiales.

El último gesto del faraón había sido consecuente con su historia: también los gestos que hizo en vida hicieron temblar a los hombres. Cuando Grafton Smith y su equipo digirieron el susto y prosiguieron el trabajo, se encontraron ante el cadáver de un hombre dotado de un físico extraordinario para su tiempo. La encorvada momia medía más de 1,70 m, lo que le hacía pensar que en vida debió de tener una estatura en torno a 1,90 m, absolutamente inusual en su época. Considerando que había sobrepasado los 90 años cuando murió, es indudable que en su juventud, revestido de su atavío de gala y tocado con la corona doble, su presencia debió de ser imponente. De modo que no sólo fue un gran faraón, sino también un faraón muy grande. El concienzudo trabajo de los embalsamadores reales nos ha permitido conocer muchos otros detalles físicos de su persona. Tomando sus cuidadosas observaciones del natural –o sea, de la momia misma-, el gran egiptólogo francés Maspero describió a Ramsés de esta manera: “…la cabeza es alargada y pequeña en relación al cuerpo. La parte alta del cráneo está completamente calva. La frente es baja y estrecha, con un prominente arco superciliar. Las cejas, muy pobladas y canosas; los ojos, pequeños y juntos; los pómulos, muy pronunciados. La nariz es larga, fina y ganchuda; las orejas están muy separadas del cráneo y lucen perforaciones para llevar pendientes. La mandíbula es fuerte y recia; la boca, pequeña pero de labios gruesos”.

Así es físicamente el hombre que dirigió durante 67 años los destinos de Egipto. Habida cuenta de que la esperanza de vida en aquella época no rebasaba los 23, esto significa que Ramsés reinó sobre tres generaciones sucesivas de súbditos, y que al final de su faraonato quedarían muy pocos que recordasen el día de su coronación. Por otro lado, semejante longevidad debía de tener un significado especial. Nadie vivía tanto sin un apoyo especial por parte de las divinidades. Tal vez aquel faraón no llegase a morir nunca. Tal vez era inmortal. Tal vez era un dios.

Un faraón arquitecto, con muchas virtudes y sin defectos públicos

Coherente con esa idea, al final de su reinado Ramsés II se hizo proclamar Dios Viviente en el templo de Abu-Simbel, una de sus construcciones más extraordinarias. Una de las muchas, porque considerando su vigor constructivo, las colosales riquezas que invirtió y el tiempo que permaneció en el poder, apenas hay un espacio arqueológico egipcio donde falte su nombre, a menudo inscrito entre alabanzas tan hiperbólicas que bordean lo ridículo.

De su carácter sólo pueden hacerse conjeturas. Hay mucho material sobre lo que hizo, tal vez incluso demasiado para obtener un resultado indiscutible. La información juega a veces malas pasadas y, por excesivamente abundante, llega a ser contradictoria. Además, es imposible encontrar una reseña del menor de sus defectos centre la masa abrumadora de textos que celebran su grandeza. Para entender las líneas generales de su conducta, hay que abrir la mirada y colocar su colosal figura contra el paisaje del mundo en que vivió. Ramsés II fue el tercer faraón de las XIX dinastía, fundada por su abuelo Ramsés I en el año 1320 a.C. La dinastía anterior había perecido como resultado de la revolución desencadenada por Akhenatón, el faraón místico y hereje que había osado enfrentarse con las castas sacerdotales egipcias proclamando una nueva religión, monoteísta para más escándalo. Durante su reinado, las tensiones internas había sido demasiado fuertes y los enemigos exteriores las habían aprovechado con usura. Los problemas en las fronteras del país se habían multiplicado; los hititas en el Norte y los nubios en el Sur parecían haber perdido definitivamente el respeto a los ejércitos egipcios. Tras un par de faraones intrascendentes –uno de ellos Tutankamón, nos reglaría el tesoro de su tumba inviolada-, se hizo con el poder un general de origen norteño llamado Paramesu, que inauguró una nueva dinastía adoptando el nombre de Ramsés I.

Era ya un hombre viejo cuando se vio en el trono, de manera que gobernó en compañía de su hijo Seti, quien tampoco era joven y que, a su vez, asoció al poder a su hijo Ramsés, el cual ya era padre de cuatro hijos (llegaría a tener 138) y comandaba grandes ejércitos a los dieciséis años.

Cuando murió Seti y se ciñó la corona Ramsés II, llegó al trono un joven que, en contra de lo sucedido con su abuelo y con su pare, faraones accidentales, había sido educado para ser monarca absoluto, indiscutido e indiscutible. Y también un gran militar, porque los gobernantes de la nueva dinastía habían aprendido muy pronto que su verdadera fuerza y legitimidad residía en el control efectivo directo de las fuerzas armadas. En cuanto a los espiritual, visto lo ocurrido recientemente con Akhenatón, quedaba claro que era menester conducirse por la senda de la ortodoxia más estricta para no malquistarse con el clero. Teniendo en cuenta todo esto, Ramsés estaba abocado a convertirse en presa fácil de lo que se llamaría más tarde la soberbia regia. Para un ciudadano del siglo XXI no resulta fácil imaginar despertarse cada mañana durante 67 años en el pellejo del individuo más poderoso del mundo. Y qué poder. Comparado con el de Ramsés, el que ejerce su homólogo actual, el presidente de los Estados Unidos, mediatizado por jurisprudencia, elecciones, opinión pública y medios de comunicación, es risible. Parece que algo hemos avanzado, al fin y al cabo.

El estratega militar que logró apuntarse una victoria histórica


La tarea más urgente que esperaba al nuevo faraón era restaurar el prestigio militar de Egipto ante sus pertinaces enemigos del Norte, “los viles hititas”, como siempre los llaman los textos egipcios. Al quinto año de su coronación, Ramsés se puso al frente de una expedición que debía recuperar la plaza fuerte de Kadesh, un enclave fronterizo estratégico que los egipcios habían tomado más de una vez para volverlo a perder en cuanto el grueso de las tropas se retiraba dejando una guarnición. Aquella expedición se convertiría en legendaria por un sinfín de razones. Culminaría en la primera gran batalla de la Edad Antigua de la que se tienen notícias acerca del movimiento estratégico de las fuerzas en combate. De modo que aún hoy día sirve de prólogo al estudio de las grandes campañas históricas en las escuelas militares del mundo.

Según las diversas narraciones que se conservan inscritas en piedra en monumentos alzados por Ramsés, el propio faraón intervino en el combate internándose él solo en las filas enemigas y peleando sobre su carro con fiereza y arrojo, lo cual supuso la legitimación definitiva de la nueva dinastía. Sin embargo la realidad fue muy diferente a cómo se contó al pueblo. Y es que la propaganda ya había comenzado a funcionar en aquel tiempo. Al margen de la versión oficial del combate, que lo describía como una inmarcesible victoria del faraón, la contienda se saldó con un empate técnico que a punto estuvo de convertirse en un desastre para las armas egipcias. Los 2.500 carros hititas, extraordinarias máquinas de guerra muy perfeccionadas tecnológicamente para la época, se bastaron para neutralizar a los egipcios, sin necesidad de que el caudillo hitita Matallu hiciera intervenir a los 10.000 infantes que acompañaban a los carros y que habían acampado al otro lado del río Orontes. Aún se ignora el motivo de que los retuviera.

De no haberlo hecho, es seguro que la Historia Universal hubiese dado un vuelco. La consecuencia final fue un tratado de paz entre Ramsés y Mutallu, el primero que conocemos. Además de un compromiso bilateral de no invasión, incluye un convenio de asistencia mutua que, por lo que toca a los hititas (los términos eran idénticos para los egipcios), reza así: “Si un rey enemigo invade el país de Ramsés II y el faraón escribe al gran rey de los hititas pidiendo ayuda, el gran rey de los hititas irá y matará a los enemigos del faraón. Y si al gran rey de los hititas no le apetece ir personalmente a combatir, mandará a su ejercito y sus carros para matar a los enemigos del faraón”. El tratado aliviaba al Estado egipcio de las irritantes y pertinaces incursiones hititas, de modo que Ramsés se vio con las manos libres para desarrollar su pasión constructiva, que era otra forma de asegurarse el paso a la posteridad, una de las compulsiones a que arrastra fatalmente la soberbia regia.

Los templos dedicados a los monarcas, una colosal expresión del poder faraónico.

Como ya dicho, Ramsés II fue sin duda el mayor promotor de obras públicas que conoció Egipto y el que movió más tonelaje de piedra, lo que es mucho decir en el país de Keops. Pero además, la incesante construcción de templos y edificios religiosos le permitía disfrutar del favor de la casta sacerdotal que acababa de recibir la bofetada de Akhenatón y que, en el fondo, seguía desconfiando de aquella nueva dinastía de militares norteños siempre sospechosos de contaminación con las religiones de los pueblos limítrofes. De hecho, durante su reinado se abrieron discretamente las puertas a otros cultos en la sagrada tierra de Egipto, y se permitió la asimilación de deidades foráneas a las egipcias, de manera que el dios Baal fue visto como el Set cananeo, y Astarté como la homóloga de Hathor.

Las edificaciones religiosas promovidas por Ramsés serpentean a lo largo del cauce del Nilo. Comienzan en el delta y se encuentran hasta la linde con Nubia, y algunas son sencillamente incomparables. Su descripción ocupa páginas enteras en los manuales, pero las dos indiscutibles joyas arquitectónicas son la gran sala hipóstila de Karnak y los templos de Abu-Simbel.

Karnak, que junto a Luxor era parte de la vieja Tebas, vio alzarse durante su reinado (o mejor dicho completarse, ya que los primeros trabajos habían sido emprendidos por su padre Seti) el alucinante templo consagrado a Amón, de 30 hectáreas de superficie, uno de los recintos sagrados más impresionantes de todos los tiempos. La sala hipóstila reúne sobre una superficie de menos de 6.000 m2 un conjunto de 134 columnas, 12 de las cuales, las que forman el gran pasillo central, tienen un perímetro de 15 m y una altura equivalente a un edificio actual de ocho plantas. Todas ellas están cubiertas de jeroglíficos que, en su día, estuvieron pintados de diversos colores.

En la frontera Sur, a las puertas de Nubia, los arquitectos de Ramsés desarrollaron un concepto diferente: el templo excavado en el interior de la roca. En Abu-Simbel se trataba de vaciar, no de amontonar. El esfuerzo de obreros y esclavos se tradujo en un par de templos maravillosos dedicados al Rey y (por vez primera en Egipto) también a la reina o esposa principal, Nerfertari, a la que Ramsés amaba con pasión.

También construyó ciudades enteras. La atención que requería la frontera Norte le impulsó a edificar su capital (Pi-Ramsés) en la zona del delta, región de la que procedían sus antepasados. Parece ser que, con el tiempo, se aburrió del poder y fue delegando cada vez más funciones en sus hijos y sus hombres de confianza hasta cumplir los 90 años.

Fortaleza y perdurabilidad de la institución imperial faraónica

Para entonces, aunque prodigiosamente vivo, y todavía convertido en dios, no era sino un anciano achacoso que sufría fuertes dolores de espalda causados por la artrosis de la columna vertebral, dolores que aplacaba consumiendo grandes dosis de infusiones de corteza de sauce, o sea, del mismo principio activo (ácido salicílico) que constituye nuestra aspirina.

Pero antes de que lo venciera la edad y lo aniquilase la muerte, demostrando que ni siquiera él podía escapar al destino común, Ramsés había encarnado la gloria de Egipto como ningún otro de sus predecesores, y eso que lo faraones ya llevaban por entonces dos mil años relevándose en el trono. Aunque hay grandes dudas sobre los verdaderos orígenes de ambas, la institución imperial faraónica fue, junto a la china –que aguantó desde el siglo XVI a.C. hasta la revolución comunista y quién sabe si aún perdura bajo otro envoltorio-, la más duradera de la historia de la humanidad. Cuando la tumba de Ramsés II, que llevaba esperándole más de 50 años, fue sellada, aun faltaba otro milenio para que se sellara la del último de los faraones egipcios.

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